La otra cara de la cansina realidad.

Responsabilidades, todos (o casi todos) sabemos lo que esto significa. Nuestras vidas están llenas ellas.  Deberes por todas partes. Estoy segura que ninguno de nosotros imaginó en su tierna infancia, que al crecer nuestra vida se convertiría en esto, en un montón de infinitas obligaciones. Para los que hemos tenido una infancia feliz o por lo menos normal, veíamos la vida del adulto como algo alucinante. Hacer lo que uno quiere y cuando quiere.

Luego llega la adolescencia y todo se empieza a complicar. Es en ese punto en que empiezas a olerte que las cosas no serán tal como las habías planeado, aunque no acabas de ser del todo consciente de lo que realmente te espera. Supongo que es por eso que nos volvemos tan rebeldes o estúpidos en esa época de nuestra vida, intuimos que en unos años nos volveremos malhumorados y estresados, pesados y arrogantes, gruñones y mandones. Y finalmente, a veces sin darnos cuenta del todo, crecemos. Crecemos para convertirnos en uno de esos adultos, uno de esos seres que tanto repelús nos daban. Es entonces cuando echamos la vista atrás y añoramos esos años en los que apenas teníamos preocupaciones. Recordamos las canicas, las porterías de futbol improvisadas con un par de piedras, las cabañas secretas, los dibujos a la hora de merendar y un largo etcétera.

 Pero volvamos a la actualidad, volvamos al ahora, al presente. Analicemos todas y cada una de nuestros deberes.  Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos tenemos un sinfín de obligaciones, cargas y tareas pendientes nos parecen un castigo. Responsabilidades con la familia, con la casa, con los amigos, con los estudios, con el trabajo (algunos)…

Pero hagamos un “kit kat” solo un momento, ¿y si probáramos de eliminar de nuestro vocabulario las palabras “obligación”, “deber”, “responsabilidad”, “tarea”, “carga”, “compromiso” o “cometido”? ¿Por qué? Porque gracias a cada una de esas obligaciones nos ofrece algo agradable. Fijaros, por ejemplo, ir a trabajar nos tiene esclavizados la mayor parte de nuestra vida, y sin embargo, no solo nos da de comer, sino que nos recuerda cada día el valor de tener tiempo libre y aprovecharlo. Todas y cada una de las acciones que realizamos a lo largo del día trascienden en “algo”. Busquemos ese “algo” que más nos interese y valoremos que gracias a nuestro esfuerzo, a emplear una parte de nuestro tiempo en algo que no nos gusta, obtendremos una dosis en mayor o menor grado de felicidad.

Deberíamos ser capaces de aprender a disfrazar nuestra propia realidad. Vistámosla, de la forma que mas nos guste. De forma glamurosa, sencilla, divertida, guerrera, o como sea. Como se prefiera, pero que siempre nos conduzca hacia el camino de la felicidad. 

Como decía Mr. Marley, “Don’t worry about a thing’cause every Little thing gonna be all right.

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